Los placeres de la incomprensión
Sin duda ha comenzado mi verano. He atravesado ya el otoño de mi infancia. Cayeron ya las ojas que dejaron paso al crudo frío que pasé, desnudo, a la intemperie, en el invierno de mi adolescencia. Se caracterizó este último periodo por ser un invierno continuo, dividido, a grosso modo, en periodos glaciares, separados por los correspondientes periodos interglaciales. Pero hubo una característica constante durante todo este largo invierno, y sin duda fue el frío. He de decir que nadie vino a echarme una manta encima, ni a traerme alguna bebida caliente. He de ser ecuánime y decir que por mi parte yo me mostraba bastante hermético en mis manejos, pudiendo dificultar en parte las intenciones de ciertas personas que se cruzaron en mis más fríos días. Pero es evidente que si yo hubiera visto las mantas en sus manos, sus brazos extendidos hacia mi y una sonrisa sincera, habría sido imposible negarse ante tan encomiable gesto. Tristemente, aunque ahora digo alegremente, ya que considero lo ocurrido como una suerte de cuerno de la abundancia que me proporciona nutrientes de forma continua e indeterminada, pasé ese invierno sin más compañía que mi ansiedad, que como un ruido de fondo, del cual no se haya la fuente, perturbaba constantemente mis sistemas de recepción. La ansiedad se retroalimentaba así misma, debido a que la situación era cuanto menos peliaguda: recordemos que me encontraba en pleno casquete glaciar, vestido con harapos deshilachados y totalmente desorientado, sin ninguna señal externa que me guiara, sin ninguna cuerda amiga que tirara de mi hacia tierras más cálidas. Así que allí estuve, dando vueltas, totalmente perdido, durante un invierno que estaba, poco a poco, consumiéndome. Hasta hace poco creía que las estaciones se sucedían unas a otras de forma inmediata, es decir, que pasaba de hacer calor a hacer frío, o viceversa, en cuestión de una noche, o de una madrugada. Pero, observando los ciclos estacionales, he llegado a la conclusión de que los cambios en la naturaleza no se producen de forma radical. El proceso es más bien un evento que sucede de forma dilatada en el tiempo, y que acaba en el propio fin del tiempo: la muerte. Ésto, por supuesto, a nivel de la consciencia humana. Quiero decir, cuando uno muere, su consciencia muere con él, desaparece, se apaga. Pero la materia que soportaba ese magnífico proceso que ha sido su vida, sigue estando presente. Y, sinceramente, me da asco pensar que a uno le metan en una caja después de muerto. Allí dentro su materia orgánica se irá descomponiendo, cumpliendo los ciclos naturales. Pero los ritos funerarios de ciertas comunidades humanas han llegado a la evolucionada conclusión de que el cuerpo ha de ser preservado de mezclarse con la tierra, como si acaso ésta fuera algo impuro en comparación con la perosna enterrada. ¿Porqué lo llaman entonces entierro? ¿No debería decirse más bien que se va a encajonar a una persona? Porque eso es lo que realmente se hace, meterlo en un cajón. Ésto sencillamente se hace para que uno se sienta relativamente tranquilo al saber que, después de muerto, su cuerpo descansará tranquilo en una cama eterna. Ésto me parece cojonudo. ¡Pero a mi que me tumben en una cama de verdad, con sábanas de seda, colchón de agua y, por supuesto, en una habitación con buenas vistas, y no bajo tierra y chapado a cal y canto! Quiero que mi habitación sea un frondoso bosque tropical, sembrado por doquier de todo tipo de árboles selváticos, que lleguen a gran altura y formen cúpulas de verde esmeralda He estado convencido en varias ocasiones
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